Montag camina...

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domingo, 30 de mayo de 2010

Julio Ramón Ribeyro


No pudo ser ni ayer, ni mañana, tenía que ser hoy. Es el día indicado para publicar la primera entrada de este blog que en su momento será seguido con devoción crítica, lo es porque hoy se manifestaron millones de colombianos en las urnas para elegir al sucesor del siniestro Álvaro Uribe, personaje sobre el que espero no tener que versar en alguna ocasión. El resultado fue el de que todo se resolvería en segunda vuelta o, parafraseando a Antonio Caballero, el asunto quedará reafirmado gracias a los millones de pesos que no tardarán en circular para dejar a Santos como ganador.

Ya hay nuevo presidente, el hijo consentido de la oligarquía colombiana que en su momento fue considerado un periodista crítico, a tal punto que se desempeñócomo vicepresidente de la SIP ¡vaya cosa!, v-i-c-e-p-r-e-s-i-d-e-n-t-e.

En fin, es un día desgraciado el que escribo y, tal vez, sea este blog una desgracia, solo el tiempo lo dirá.

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A partir de tres textos de Julio Ramón Ribeyro (La molicie, Solo para fumadores y Los merengues)

Cuando encontró una insignia en el basurero, no tenía idea alguna de que también encontraba una vida, de que estaba ingresando a una de las organizaciones más poderosas del planeta, de que empezaría poniendo cáscaras de plátano fuera de las casas, de que estaría un tiempo fabricando bigotes y, mucho menos, de que iría por el mundo alardeando de las intenciones de sus miembros hasta llegar a ocupar la presidencia. Pero sí tenía algo claro: desconocía totalmente lo que los motivaba, lo que representaba esa organización. Inició en el puesto más bajo hasta ascender (no se piense que está basado en la vida de oligarcas colombianos), pero nunca lo supo, nunca se atrevió a preguntar, ¿cómo hacerlo si se encontró la insignia?

Vino a cuestionarse por esto, de manera seria, asumiéndolo como un problema trascendental, en el momento en que la molicie azotaba la ciudad y a los pocos habitantes que en ella seguían, agobiados todos, tratando de salvarse, de estar activos, de no ceder, de no morir bajo su influjo, de sencillamente fumar por placer, de escribir para complementar el tabaco, de vender hasta los libros por una cajetilla o por unos cuantos cigarrillos, desde Gauloises, pasando por Camel, hasta llegar a extremos inesperados, pues "me deshice de mis Balzac, que se convertían automáticamente en sendos paquetes de Lucky"

Y así, hasta poder dejarlos, hasta reemplazarlos por unos deliciosos merengues, todo esto después de haber sido sometido a intervenciones quirúrgicas...y luego, luego, lo más difícil es darse cuenta del rechazo, de que ni para comerlos lo consideran apto, no le reciben sus monedas y por lo tanto no tienen utilidad, ¿de qué sirven si no las cambian por merengues? Lo mejor que pudo hacer fue arrojarlas desde los barrancos, una por una, mientras rebotaban en las piedras...

Ese es Ribeyro, repleto de sucesos cotidianos y dotado de una escritura aparentemente económica y simple. Lleva al borde la máxima de que se escribe a partir de la realidad y no desde una ficción suspendida. Tiene un lugar ineluctable en la literatura de hispanoamérica.